Quizá si… o quizá no. Por eso, después de estar hablando y paseando toda la tarde y justo antes de que cogieras tu bicicleta, me atreví a poner mi mano abierta entre nosotros. Sin palabras. Uno de esos mensajes mudos que a veces son tan elocuentes. Tan solo puse mi mano abierta, con la palma hacia arriba entre nosotros dos y te miré. Lento y sincero. Y cuando tu sonreiste y dejaste que tus dedos se enlazaran suavemene con los mios, supe que todo estaría bien.
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