jueves, 27 de septiembre de 2012

—¿Qué pasa?

—¿Qué?

—¿Que qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?

—No sé... "qué pasa"... Estoy triste. Supongo que eso pasa.

—¿Por?

—No soporto la idea de que las noches deban acabar. La idea de que el silencio y la oscuridad morirán en apenas unas horas. La idea de que el sol y la madrugada quemarán todo esto por sobreexposición. Todo esto que ahora respiramos, todo esto que ahora somos, todo esto que no volveremos a ser más. La idea de que mañana toda la maldita pesadilla empezará otra vez de cero, y de que habremos de sobrevivir a los estragos del día y de los hombres si es que queremos volver a sentir la noche en los huesos. Apenas un par de horas de sagrada nocturnidad refrescando nuestros castigados huesos. Como ahora...

—Pero habrá más noches...

—Yo no quiero otras, quiero ésta, sólo ésta... Eso es lo terrible... La idea de que ésta no pueda ser la última noche, la última y eterna oscuridad. La idea de que no podamos coger ahora mismo una carretera y enfilar la nada, de que antes de poder llegar a cualquier sitio, cualquier ningún lugar, habrá amanecido, la penumbra y el silencio se esfumarán, y con ellos la locura, y con ella todo lo mejor de nosotros mismos.

—¿Sabes?, la melancolía puede llegar a ser una enfermedad...

—Tampoco esperaba que lo entendieras.

Digue de Mer, Ostende, reflets de lumière (1908) de León Spilliaert                                                    
Quizás hayan momentos donde no me reconozca, pero no le culpo, porque son exactamente esos los que me afirman la duda que siempre he tenido, que puede que no me conozca del todo, que puede que siga viviendo en ese mar de escombros, y por mucho que intente salir de allí, siempre termine ahogándome. 
No le culpo por los pensamientos que puede tener en momentos como este, no le culpo por cualquier decision que se le cruce por la mente, le culpo porque me ha dejado una felicidad inmensa, que no creo que pueda recuperarla si no es teniéndole a mi lado, le culpo por su sonrisa que mata un poco esas dudas que me agobian, le culpo por las veces que no le tengo a mi lado, y por las veces que si. Le culpo por tantas letras desperdiciadas, por tanta palabra vacía que sale en vano. Le culpo por todo lo que es el y por lo que hace que sea yo. Le culpo porque sin pensarlo soy de el. Cada misterio. Cada fragmento. Cada duda. 
Dibi

Qué puede importarme una mañana lluviosa
cuando todo es abandono
cuando todo el tiempo vivido
es sombra
sombra de árboles que pierden sus pájaros
¿Dónde está el reino?
¿para quién hablo?
qué puede importarme los filamentos de las cosas
cuando nunca sabré quién me habita
a qué me parezco
no sé por qué
de pie en mi distancia
sepultó mi muerte
los labios de mi hijo atrapan una estrella
me demoro
para que la juventud siga viviendo en mí
qué puede importarme
si no es de morir que muero
si no es de tanta vida que habita sobre mi vida
Cómo apresarla
cómo visitar al tiempo
si he tratado de decir el encuentro posible
si he tratado hasta de doblegar mi palabra 
y todos mis maestros son ahora cenizas
pero tal como soy
atravieso la imagen de mi casa
y solo es un muro que sostiene la tarde
pero oigan los que oyen…
todo comienza cuando todo está perdido.
Adelfa Geovanny. 
"Empezar un poema es abrir una herida
Como dar un beso y despedirse
Como decir te amo y que se haga el silencio
Algo así parecido pero no sé cómo pasarlo a palabras
Como ponerle lexemas, morfemas, sílabas, letras, puntos, íes, tildes
Como decir dolor a partir de una sonrisa
Como decir que muero sin que me caben un hoyo en la tierra
Como decir olvido sin dejar de estar presente cuando veas el mar
Yo soy mi propia herida
Sangro por el mundo porque alguien tiene que hacerlo
Sígueme
Hay más caminos que lugares
No te pierdas
No nos pierdas
No dejes que nos caigamos por el agujero en tu bolsillo
Solo empieza un poema para escribirlo con los pasos
Dame un beso y quédate
Que el amor es rojo
Que se escribe en mayúsculas
Que yo me muero cuando quiero y no cuando me tocan
Que ahora soy el mar y estoy a tus pies."
I

Y yo moriría mil veces por poder recibir amor sin pedirlo, sin haberme dado cuenta ser llevada, de improvisto, a un sitio en que los ojos se miran sin desprecio. Pero hubo de pasar tanto terror y tanto miedo de mal agüero para llegar cansada, feliz y doliente a mirar unos ojos que no me dañan.

II

Yo no digo que vengas, que estés ya aquí, que has venido. Pero me niego a negar la espera de tu venida. Déjame esperarte. He nacido para esto. Déjame delirarme sin ti, asistir a la deformación de mis huesos que sólo aman una sombra. He caído en la trampa de esta espera y sin duda soy feliz.

III

Que has venido, que tu presencia estremece el cálido dolor de las hojas muertas. Milagros de la que espera y ve y siente. Y yo te seguiría bajo cualquier forma, como polvo o humo o viento. Entraría por tu respiración, por tu sonrisa, por tus tristes deseos de evadirte hacia donde no haya lenguaje si no solamente ojos devorándose, ojos amándose en el peligro de una desnudez absoluta.

IV

Y tú me viste llegar, mendiga hedionda enamorada de su sombrero con flores y plumas. Había un color lila que humeaba y yo estaba verde dentro de mis harapos. Dancé para que te rieras. Me pinté las uñas de azul. Toqué la guitarra y canté canciones que hablan de pequeños instantes únicos en los que el dolor se duerme y hay sólo deseos de amar.

Alejandra Pizarnik.

domingo, 23 de septiembre de 2012

"-¿Qué suceso se ha manifestado que produjo en usted la negación de publicar escritos propios? 
-Mmmm.. una de esas depresiones, que vienen luego de la depresión.. no hablo de aquella depresión anterior, la cual lo inspira a uno, o más bien, la cual obliga a uno a escribir, la cual logra que tu mano dance por si sola, sino, la posterior a ella, la que nos quita las ganas y la inspiración, ese momento vacío, donde no hay tristeza ni felicidad.. no hay en que inspirarse, no hay viento que me empuje.."
No se sabe nunca
Volví a visitarlo, seguía ahí, intacto, ese viejo grafitti que habías hecho para mi, ese que ni la lluvia podría borrar porque ya hacia parte de nuestras memorias, y de las memorias de esa gente estúpida que sonreía al pensar que era real. Ahora, de manera irónica siento que hice parte de ellas, que aún lo hago, porque a decir verdad no lo comprendo, no del todo. Y está ahí, escrito, desde su primera letra hasta la última, sin que nada le robe claridad. Él estaba pero tu ya no.
Recuerdo que me hacía sonreír, amaba esa calle. Iba en busca de ella cada vez que sentía que no iba a funcionar, o simplemente cuando quería sentirte cerca. Ya después no podía tan siquiera recordarlo, me parecía absurdo. Aunque de por sí, tu eras absurdo. 
Quizá quería sentir de nuevo la frustración de una promesa, la vida que tuvimos y no tuvimos juntos. Quizá era eso, no lo se, pero aún así, frené mi moto justo en frente de esa calle, sonreí -estúpidamente- y me juré borrar la dirección de mi lista de recorridos.

lf

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Me mataste. Eso es lo único que sé. También sé que estoy en el cielo. Por fortuna. Llevaba diez minutos de muerta y me pediste un cigarrillo. Yo busqué en mi cartera y te ofrecí uno de mis mentolados. Lo encendiste y te fuiste al balcón y lo fumaste en silencio mientras los fogonazos silenciosos del cigarro te iluminaban los ángulos del rostro. Afuera llovía. Era una lluvia mezclada con los pasos de los gatos que se deslizaban por los techos buscando un poco de calor. Me mataste en una noche de lluvia. Eso había sido demasiado para ti. Nunca has soportado la lluvia, ni los Stones más allá de las once de la noche. Después de las seis no puedes soportar las películas inglesas, ni los cafés cargados. Eres extraño Spada. Muy extraño. Ese día que me mataste me llamaste desde algún teléfono del parque Giordano Bruno y me dijiste hey baby vamos a ver Naked de Mike Leigh y yo te dije, pobre idiota ilusa, claro baby nos vemos a las seis en la estación de metro Radio City. Esa tarde vagué sin sentido por la ciudad. Me metí al metro, cubrí varias rutas, fui al barrio árabe a la calle Dranaz por un hash. Luego me fumé el hash en el parquecito mientras miraba el tren elevado. Alguien desde el tren me hizo una seña con la mano y yo le mandé un beso que se diluyó en el aire caliente de la tarde. Fue un maldito beso que explotó en el núcleo del aire, puff!, y desapareció para siempre. Finalmente cogí la ruta del Radio City para cumplirte la cita y cuando entré al metro parecía que la gente se moría poco a poco en las nubes alucinógenas de las cinco de la tarde, esas nubes negras que olían a heroína con orines. Más tarde nos encontramos en Lourdres. Estabas en el parque. Las palomas grises hacían maniobras confusas en el aire precario de la tarde y el olor de la lluvia me entró a los pulmones y me intoxicó. Caminamos por la trece y el conjunto de las luces, el conjunto de los rostros y de los olores nos marearon lentamente. Las campanas de Lourdes empezaron a sonar en el tejido del aire. En el aire había latidos. Grandes latidos. Latidos. Latidos de un corazón invisible, herido y borracho que bombea tinieblas sobre la lluvia, sobre la noche. Antes de entrar a cine tomamos un café donde los árabes. Sensación conocida: café cargado, negro, espeso, un cigarrillo. Una conversación banal. Un golpe en el estómago. Adrenalina pura. Subordinación. Escalofrío. Un tabaco. Un Marlboro. Otro café. Un beso. Un silencio. Un golpe en la cabeza. Salimos del café, mareados, aturdidos, y el ruido de la ciudad nos abaleó el pecho y las miradas... Y entonces sentí en el corazón cuatrocientos golpes, cuatrocientos golpes de brandy, cuatrocientos golpes de lluvia, cuatrocientos golpes de heroína, cuatrocientos golpes de sangre, de carne, de pólvora, de humo azul, cuatrocientos golpes de tristeza, cuatrocientos golpes de cuatrocientas aves muertas revoloteando en mi pecho. En el cine, la fauna de siempre. Un par de mamertos. Una pareja de viejos embutidos en sus viejos gabanes, el borracho que siempre encontrábamos en los cines alternativos con su botella de coñac y las chicas universitarias con cara de que no se las habían comido en meses por estar viendo películas para solitarios todas las noches. Salí enamorada de Johnny, el clochard de la película. Yo te dije después que nunca había visto un man que se fumara tanto como ese. Era un man vestido de negro siempre envuelto en una nube de humo, un man como tú y yo, un triste man siempre flotando en las nubes confusas de los días como aviones absurdos, perdidos, a la deriva, un man como tú y yo navegaba en el cielo maligno de los días, esos días llenos de pequeñas lluvias donde se te llenaba la boquita de heroína y saliva negra. Un man bacano, ese Johnny. Entonces llegamos a tu apartamento. Me metiste tres balazos en el corazón. Once de la noche. Me mataste. Después fumamos, tomamos un café, dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor después del cine, dos cuerpos desnudos atravesados por cuatrocientas espadas brillantes antes del café, dos cuerpos extraños sumidos en la conocida confusión del amor después del cine, dos cuerpos desnudos llenos de humo, dos cuerpos desnudos atropellados por la alucinación, dos cuerpos desnudos con la sangre llena de perros atroces, dos cuerpos desnudos naufragando en alguna ola de la marea de la noche, dos cuerpos oscuros fulgurando antes de apagarse para siempre el reflejo caliente de la lluvia. A la media noche salimos y nos dirigimos a la estación del metro y allí me dejaste. Baby. Creíste que nunca más me ibas a volver a ver. Me subiste al vagón y diste media vuelta. Yo me fui bien muerta. Lo último que me acuerdo eres tú fumando y yo sentada en el vagón mientras éste se deslizaba hacia la oscuridad del túnel. Es verdad. Me mataste. Y estoy en el cielo, tal como tú querías. En el cielo. Tal como querían mis padres y tú. Muerta, en el cielo. Ahora he vuelto. Estoy en el balcón. Tú acabas de regresar del cine. Me ves. Te detienes. Te acercas. Me observas en silencio. Fumas un cigarrillo. No has cambiado mucho baby. Abres la ventana. Afuera llueve. Me acaricias la cabeza con suavidad. Me dejo tomar en tus manos y me pones frente a ti. Entonces te clavo el pico en un ojo y la sangre brota lentamente. Te saco el otro ojo. Afuera llueve y las luces de la ciudad son peces suicidas que se destrozan en las aguas sucias y turbulentas de la tiniebla. Estás tirado en la mitad del salón y el viento frío de la noche te cubre. Llevas diez minutos muerto. Yo llevo diez minutos convertida en paloma. 
Rafael Chaparro.
Mantuvo su mirada firme sobre mi durante un minuto exacto, un minuto eterno. En su pupila cargaba un espejo de recuerdos, toda clase de recuerdos, hasta el mas absurdo recorrió nuestras miradas. 
No lo busqué, él llegó. Siempre supo donde encontrarme... nunca hubo otro lugar. Estaba frío, lleno de todo el mundo le ofreció durante años, durante estos últimos, lo notaba, aún reconocía esa mirada escalofriante llena de repudio y de maldad. Estaba frente a mi, se que intentó continuar, pero se también que le hacía falta recordar el tiempo en que era bueno. Era su única esperanza para continuar, y se la dí, aunque un día, hubiese robado la mía.

lf
Tenía la certeza de que la amargura en la boca al despertar y sentarme al borde de la cama no era más que los residuos de lo que paulatinamente muere uno por las noches.  Así como también estaba seguro de que las manchas en la esclerótica de los ojos era la úlcera causada por las imágenes al no bajar la vista.  Los callos en las manos: ruinas de una fortificación donde camino a tientas.  Las arrugas del entrecejo: pasillos de edificios donde y cuando, se debe llorar.  Tenía la certeza de que al mundo se viene a algo.  Hoy no tengo seguro nada. Me pongo los zapatos y camino.
Omar pimienta

jueves, 13 de septiembre de 2012

"Ahora yo me pregunto si cada vez que se tocaban y sus cuerpos temblaban, era porque sabían lo que vendría… Me pregunto si eso de verse a escondidas -sensación más atractiva-, de no verse lo mucho que quisieran, de estar más tiempo pensándose que hablándose, de quedarse dormidos escuchando su voz por el teléfono, de levantarse con una sonrisa, pero no poder mostrarsela al otro, el hecho de que no pudieran soportarse la mirada sin terminar mezclados en un abrazo no delataba nada… Quizá desde afuera era más fácil ver que todo podía irse por donde vino en cuestión de segundos. Que todo eso era como ver un cometa, fugaz pero que iba a quedar eterno en quien quisiera."

lunes, 10 de septiembre de 2012

"Ella me alumbra, como la luna. Tal vez una señal significa que un cambio es bueno. Es un brillo que aparece místicamente, de forma extraña que te hace preguntar, ¿Que carajos significa esto? ¿Seguiré adelante? Claro que lo haré. Es algo nuevo que se apareció de repente, pero siempre supe que estuvo ahí, para ayudarme en todo, y es ella, que no es lo que pienso todo el día, pero es lo que me alegra cada vez que le digo ¡Hola!.
Es como la luna, o algo así, ella esta siempre ahí, arriba, mirándome, y si a veces no te das cuenta, y te olvidas que existe, ella es la que nunca se irá. Es distinta, nunca estará igual, a veces solo se verá un poco de ella, a veces estará radiante y entera pero nunca se desviara hacia otros rumbos y si le prestas atención puede que te mira con dulzura en tus momentos mas tristes."
Si, quizás le quiera de una manera que el no entienda, pero como puedo hacerle comprender si ni siquiera yo entiendo lo que siento. Solo se que es grande, y crece a borbotones, no lo puedo perder de vista ni un minuto porque ya ha crecido mas centímetros. Y eso me asusta, ya que son cosas que no puedo controlar, así quiera hacerlo.
Así que no te pido que te conformes, te pido que no quieras entenderlo todo, que te baste con lo que siempre quiero reflejarte y muchas veces no sale, pero que sigue aquí, muy adentro. Te pido que recuerdes todos esos amaneceres que nos faltan por vivir, por disfrutar, te pido que no me dejes caer de este sueño que se esta empezando a formar, te pido que me dejes quererte de la manera en que lo hago, y no te cuestiones. Te pido que me quieras de la manera en que lo haces, que sea la que escojas, se que me hara feliz. Te pido a ti, solo a ti. 
Porque yo ya he escogido. Pero eso ya lo sabes.
Dibi
No quisiera que, de repente un día cualquiera, amaneciera sin poder verle. Decirle que tiene en su cara las dos cosas que mas amo, su sonrisa y su mirada. No lo imagino, y de solo pensarlo, me dan ganas de salir corriendo a mitad de la noche, cruzar la ciudad bajo la lluvia que cae justo ahora, y decirle.... decirle todo, sin omitir nada. Explicarle por que sonrío al mirar sus ojos, y es que no consigo mirarlo y dejar de sonreír al mismo tiempo. Le iría a confesar que en una ocasión, el pensarlo se junto con mis motivos y empujaron la lágrima que con tanta resistencia se oponía a caer por mi mejilla y lo abracé, lo abracé porque lo tenía conmigo, siendo suave y alentador con sus palabras. 
De pensarlo...  no podría evitar, el decirle que,  mi paz es él. Lo tomaría de la mano, le miraría de nuevo, y dejaría que mis ojos tomasen la palabra.... 

Lf
"Tenía la certeza de que la amargura en la boca al despertar y sentarme al borde de la cama no era más que los residuos de lo que paulatinamente muere uno por las noches. Así como también estaba seguro de que las manchas en la esclerótica de los ojos era la úlcera causada por las imágenes al no bajar la vista. Los callos en las manos: ruinas de una fortificación donde camino a tientas. Las arrugas del entrecejo: pasillos de edificios donde y cuando, se debe llorar. 
Tenía la certeza de que al mundo se viene a algo. Hoy no tengo seguro nada. Me pongo los zapatos y camino."
"De alguna manera creí escucharte entre las paredes dentro del recuerdo. No puedo explicarme si estos colchones verticales y esta tela que me abraza es algo más de lo que entiendo como cordura.  
Las personas no me entienden cuando digo que te veo… ¡Pero es cierto! Te veo aunque estás en un punto de la ausencia, en un lugar supuestamente apartado por distancias y por mares. Por más que lo intente y por mucho que me esfuerzo no logro hacerme entender… te veo por que te llevo dentro. Sigo encerrado en prisiones de ansiolíticos, algodones y enfermeros, pero en mi mente, en mi alma, en mi recuerdo… Te veo."
"Hoy, me encuentro tan valiente que me he armado de fortaleza para confesar lo siguiente: he mantenido ocultos en la sombra de los "sentimientos no deseados" en un rincón obsoleto a mi afectuoso respaldo hacia su persona, lo amo de una forma indeterminada.  He callado en los momentos en los que usted necesitaba que alguien le gritara un fuerte "Te amo" para ayudarlo a no sentirse miserable. He guardado lo que pienso de usted, lo he intentado extraviar pero las emociones siempre me atacan de nuevo estruendosamente. He dado todo lo que tengo y he quedado en deuda pues he llegado a dar más de mi para verle con una sonrisa sincera en su rostro, aunque declaro que me he enamorado de su nostalgia. Me ha hechizado por completo, no hay una madrugada en la que no despierte con su imagen en mi cabeza, no hay una noche en la que no lo piense antes de dormir. No me importaría ser su pañuelo de lagrimas, la persona que busca cuando nada encuentra, el hombro cálido en el que se recargue a llorar o su paraguas bajo la lluvia intensiva. Esa lluvia que se desprende de su corazón a chorros en cada instante."