viernes, 23 de noviembre de 2012

Aquí vine y te pinté como me dio la gana, como me dieron los motivos, como quise que fuera todo, como lo ha venido siendo. Te pinté incompleto, te pinté abstracto. Te pinté y no te pinté, porque eras tu, pero sin esa parte de tu vida que he ignorado siempre.
Lf
Y me dices que soy una noche estrellada, y yo te beso, te abrazo, te dedico mis miradas deslumbrantes, porque solo tu sabes como arreglarme, me coges de tu mano y me siento segura allí, aveces creo que lo que guardas es mi corazón, pero solo por momentos, otras veces solo siento que quiere dormir, y me deja sola con ese dolor punzante que me perturba y me hace recordar, recordar lo que he olvidado. Si, ese sonido es tan fuerte que grito un poco, pero no es nada que no te pueda contar. Ya sabes que tu para mi eres cielo, eres dos estrellas juntas, eres esa luz que me acompaña al dormir, eres todo menos oscuridad, eres cada punto, letra, de esto que escribo, eres yo. Mis te quieros te susurran todo lo que no te digo, tu mirada me confirma todo lo que soy, lo que eres, lo que somos.
Y es por eso que cuando me escribo, nos imagino sonriendo, aguardando para esconderte en las comas, en una que otra palabra de amor, en los corazones que subrayo, en las imágenes que guardo. Resulta que estas aquí, aveces en mi, irremediablemente en los dos.
Dibi

Carta de despedida de Henry Miller a Anaïs Nin

¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en la sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.
Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre.

Henry
-¿Vas a decirme que te pasa, Benjamín?
Chaparro se siente morir, porque acaba de advertir que esa mujer pregunta una cosa con los labios y otra con los ojos: con los labios le está preguntando por qué se ha puesto colorado, por qué se revuelve nervioso en el asiento o por qué mira cada doce segundos el alto reloj de péndulo que decora la pared próxima a la biblioteca; pero además de todo eso le pregunta otra cosa: le está preguntando ni más ni menos que le pasa, qué le pasa a él, a él con ella, a él con ellos dos; y la respuesta parece interesarle, parece ansiosa por saber, tal vez angustiada y probablemente indecisa sobre si lo que le pasa es lo que ella supone que le pasa. Ahora bien- barrunta Chaparro-, el asunto es si lo supone, lo teme o lo desea, porque esa es la cuestión de la pregunta que le formula con la mirada, y Chaparro de pronto entra en pánico  se pone de pie como un maníaco y le dice que tiene que irse, que se le hizo tardísimo; ella se levanta sorprendida- pero el asunto es si sorprendida y punto o sorprendida y aliviada, o sorprendida y desencantada-, y Chaparro poco menos que huye por el pasillo al que dan las altas puertas de madera de los despachos, huye sobre el damero de baldosas negras y blancas dispuestas como rombos, y recién retoma el aliento cuando trepa a un 115 milagrosamente vacío a esa hora pico del atardecer; se vuelve a su casa de Castelar, donde esperan ser escritos los últimos capítulos de sus historia, si o si, porque ya no tolera más esa situación, no la de Ricardo Morales e Isidoro Gómez, sino la propia, la que lo une hasta destrozarlo con esa mujer del cielo o del infierno, esa mujer enterrada hasta el fondo de su corazón y su cabeza, esa mujer que a la distancia le sigue preguntando qué le pasa, con los ojos más hermosos del mundo.
El secreto de sus ojos
Aveces deseo que me entienda, que logre ver a través de estos ojos sin brillo, sin luz, que se han cansado de esperar por un futuro tan incierto como nuestra propia muerte. Aveces deseo que venga corriendo después de decirle todas estas cosas, y me diga que todo esta bien, solo son nubes algo borrosas que no nos dejan seguir adelante. Aveces deseo encontrar las respuestas escribiéndome a mi misma, porque esto es lo que hago ahora mismo, ahogando la pesadez de mi mente que no me deja ver cual realmente es el problema aquí, pero no sucede y sigo esperando, sigo cuestionándome, sigo pensando que entre lineas lograre saber todo lo que me atormenta. Aveces te quiero tanto, que inclusive he llegado a creer que al leerme lo entenderás, pero dudo que me leas, y dudo que me entiendas. Aveces  pienso que si sabes donde encontrarme, vendrás a buscarme.. Así que descargo tanta basura que tengo en estas palabras, y deseo que por momentos, logres ver a través de mi. 
Dibi
Arroje las flores con fuerza contra la fría tumba.
-¡Aquí están! ¡Aquí están! – le grite al viento. -¡Aquí están las flores que me pediste! ¿No es lo que querías, Lily? ¿Dejar el mundo por las puertas de atrás y perdurar en las memorias de todos? ¿Ser un puto fantasma más al que traerle flores el 2 de noviembre? – la voz me temblaba, apenas pude pronunciar las últimas palabras.
Me tumbe sobre la tierra mojada de su tumba, apoye la cabeza en el suelo y deje que las tibias lágrimas que resbalaran por mis mejillas se mezclaran con las gotas de lluvia.
-Te quería, ¿Sabes Lily? Tanto que nunca pude expresarlo con palabras.
Seguía lloviendo, pero por más que esperaba, la tierra de debajo de mis mejillas no murmuraba ninguna respuesta.
-¿Ahora no tienes nada que decir? – me enfurecí – Todo el día hablando y ahora que ha llegado el momento de la verdad, no te atreves a decirme una jodida palabra. Eres una cobarde, Lily, una cobarde. De las que se pegan un tiro porque tienen las agallas para ponerse de pie y mirar a los ojos del mundo.
La tumba seguía ahí, y las gotas de lluvia seguían cayendo del cielo. Nada había cambiado con la muerte de Lily, el mundo no se había detenido ni lo había partido un rayo. Ni cambiaría cuando la que me muriese fuese yo, ni cuando fuese el turno del mismísimo papa. La tierra no detiene su rotación por nada, me repetí a amargamente a mí misma.
Me tumbe boca arriba y deje que la lluvia bañara mis lágrimas, aun tumbada sobre la tierra de la tumba de Lily. Y me la imagina allí, solo unos metros por debajo mía, estando en mi misma postura y con los ojos cerrados. Desee que pudiese sentir la lluvia en su rostro, como yo en el mío, sin embargo mi corazón latía y el suyo no se esforzaba por diluir el vago recuerdo que aun me quedaba en sus facciones.
Me clave las uñas en la palma de la mano, intentando escarbar en mi propia piel y hacerla pedazos. Tenía que recordar lo que es sentir el dolor. Porque es el sentimiento que más se aparece a estar viva.
Editando un mundo de ilusiones
Tenías nombre propio, amor... Tenías una sonrisa de esas que no se saben poner así como así. Tenías un olor que se restregaba con el viento, y se pegaba en mi ropa los viernes, a las nueve y treinta y tres de la mañana. Te fumaba, amor, te fumaba en ocho caladas y te apagaba en mi cuerpo, jodiéndome a quemaduras, y por eso ahora estoy marcada de cicatrices que sólo hablan de ti. Eras pura dinamita, amor, pero no tenías mecha para que pudiera prenderte, y yo no tenía fuego para poder quemarte las ganas. Te creías inmortal, amor y por eso te ambicioné como si nunca fueras a morir. Por eso me creí ese adverbio, que habla de "para siempres" que sólo me recuerdan a ti. Sí, amor, nunca supe cómo quitarme las ganas de estar bajo tu mismo cielo, de consumirte bajo la misma la luna y despertarme contigo por el mismo sol. Tenías tantas formas de acabar conmigo, amor... que a veces creí que moría de ti. Eres mi droga, amor, y mi jodida perdición. Pero todos queremos que nos encuentres, amor. Todos hablan ti, a tus espaldas... y nadie se pone de acuerdo, amor. Que todos dicen que eres suyo, pero yo, no se lo niego y por eso te oculto, te mimo y te personifico, y te guardo en secreto, porque sé que eres tú, amor.
Sara Blanco
No puede dudar usted, de la autoría de estas lágrimas en mis ojos, pero no se alarme, mi vida, que no todas las lágrimas expresan infelicidad, éstas, al contrario, quieren mostrarle lo bien que me siento a su lado y cuánto le temo a perderle. No dude de la autoría de estos latidos repetidos rápidamente, porque usted me acelera de sobremanera. No dude usted.
Lanzarse al vacío
"Yo sabía que esto ya estaba muriendo y que la magia ya no estaba ahí y que yo podría estar bien, pero no lo estoy en lo absoluto. 
Por que aquí estamos otra vez, en aquella calle de esta pequeña ciudad y tu casi cruzas en rojo por que estabas mirándome con el viento en mi cabello. Yo estaba ahí, lo recuerdo todo muy bien.
Solías contarme sobre tu pasado pensando que tu futuro iba a ser yo, no había nada más que hacer, me olvide de ti lo suficiente como para olvidar el porque te necesitaba. 
Quizás nos perdimos en el camino, quizás pedí demasiado, pero quizás lo nuestro fue una obra maestra hasta que lo destruiste todo, corriste asustado, yo estaba ahí, lo recuerdo todo muy bien. 
Me llamaste otra vez sólo para destrozarme como a una promesa, siendo casualmente cruel con la excusa de estar siendo honesto, soy un pedazo de papel roto tirado por ahí porque lo recuerdo todo.... demasiado bien. 
El tiempo no pasara volando, es como si se hubiese paralizado por si solo, me gustaría ser mi antiguo yo otra vez, pero sigo intentando encontrarlo; después de días en tus camisas negras y noches en las que me hiciste tuya, me envías mis cosas de vuelta y me haces caminar a casa sola... Pero aún guardas mis recuerdos, por que te recuerda la inocencia en mi, no te puedes deshacer de ello por que lo recuerdas todo demasiado bien."
Cancion fragmentada

martes, 6 de noviembre de 2012

Pasó el tiempo. Te das cuenta por los pintorescos recuerdos que no lo son más. Te das cuenta porque las emociones se disipan. Y lo que tenía un valor extraordinario ahora simplemente es 'eso'; desgraciadamente para mí perdió absolutamente todo su encanto.
Desgraciadamente para mí, me siento estúpidamente vacía, con ganas de escribir coherentemente más que con sentimiento. Y eso para mí no tiene sentido, porque estoy vacía y quiero sentir, no ser sensata.
Quiero volver al antes, cuando sentía y me identificaba con una canción. Quiero volver al pintoresco recuerdo que ahora carece de color e incluso de mi propio interés. Quiero volver a gritar, llorar en silencio, en la oscuridad y sentada en el suelo. Quiero decir "no te creo". Quiero sentir todo aquello que me hacía infeliz. ¡Me sentía bien una semana después! Incluso en menos.
La tristeza era efímera. Lo vacía que me siento ni idea aproximada tengo de cuánto dura su estadía. Ojala se vaya pronto. Y a pesar de mi insensibilidad, le odio desde lo más hondo de mí, si en el fondo sigo existiendo.
Lanzarse al vacío
Tengo la idea de que sigues siendo "mi" lector fantasma.
Tengo la idea de que te preocupas por mí e incluso, algunas veces, te has aventurado a preguntar si estoy bien. O te has preguntado si mi decisión fue la correcta para los dos. A veces yo lo hago.
Me gustaría saber que dejaste de ser todo lo que odiaba, que lo pensaste y después de mucho decidiste ser mejor.
Me gustaría saber que estás bien.
Me gustaría saber que dejaste tu rencor de lado. 
Me gustaría saber que me pusiste frente a ti (en algún momento de lucidez espiritual) y por primera vez, pediste perdón honestamente.
Me gustaría saber, también, que ese "hola" era cierto. Que podíamos empezar de nuevo. Empezar a conocer los "nosotros" verdaderos.
Me gustaría saber que tu subconsciente me ha extrañado y a cambio, te ha dado un par de sueños en qué pensar por la mañana.
Pero no lo sé. Y creo que tu tampoco.
Lanzarse al vacío
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. 
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. 
Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. 
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. 
¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. 
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
O mejor aún, a una que escriba.
Sal con una chica que lee, Rosemary Urquico.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Escuché a varios chicos en más de una ocasión preguntar con anhelos, de esos que se sienten cuando en realidad te interesa alguien, “¿Cuánto me quieres?” Creo yo, que existe una mejor pregunta y una mejor respuesta. A mi no me importa si me quieres de allí, desde la mesa de tu casa, hasta la esquina de la mía, no me importa si es incluso hasta la luna, lo que entiendo ahora es que lo que importa es que sea siempre ida y vuelta... ¡sin parar!
Mo
Como la luna que hoy se asoma y pasea por los tejares de mi casa temporal (y cuando digo mi casa, digo nuestra casa. Y cuando digo nuestra casa, digo este pequeño –gran- planeta al cuál le decimos tierra). 

Mo
Es una calle larga y silenciosa. Ando en tinieblas y tropiezo y caigo y me levanto y piso con pies ciegos las piedras mudas y las hojas secas y alguien detrás de mí también las pisa: si me detengo, se detiene; si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie. Todo está oscuro y sin salida, y doy vueltas y vueltas en esquinas que dan siempre a la calle donde nadie me espera ni me sigue, donde yo sigo a un hombre que tropieza y se levanta y dice al verme: nadie. 
Octavio Paz