Como si la palabra jamás huyera del mundo para venir a buscar amparo en mí.
Se llamaba Soledad y estaba sola, como un puerto maltratado por las olas, coleccionaba mariposas tristes, direcciones de calles que no existen. Pero tuvo el antojo de jugar a hacer conmigo una excepción y, primero, nos fuimos a bailar y, en mitad de un “te quiero” me olvidó.
Joaquin Sabina
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