Entendí exactamente que no necesitaba adornos para complacerte, que mi exilio empezaba con un beso tuyo y mi albergue terminaba con una y mil caricias, y así, tan natural y llanamente, nos hacíamos uno del otro. Como si tú alma y la mía, conectasen, como si tu fueses el dibujante de cada uno de mis trazos.
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